Terrorismo machista

La historia de la palabra “terrorismo” tiene que ver con quien tiene el poder de escribir. En eso radica el poder, en ocupar la posición de escribir (la historia) o de dar sentido a las palabras, según convenga.

A finales del XVIII la palabra “terrorismo” era utilizada por la propaganda monárquica para criticar al gobierno jacobino de la Revolución Francesa. Durante la Segunda Guerra mundial los nazis utilizaban esa palabra para calificar a la Resistencia. Los EEUU la utilizaban en los 70 y 80 para definir a los movimientos guerrilleros que luchaban contra las dictaduras (que apoyaban y financiaban los EEUU). En España se utiliza desde los años 70 para definir las acciones de grupos armados que por medio de atentados intentan desestabilizar el Estado (ETA, Grapo, etc.).

Las acciones armadas que realiza el gobierno israelí contra la población civil palestina no es terrorismo, según el lenguaje dominante actual. La intervención de EEUU en Vietnam, donde asesinaron a 2 millones de personas (civiles), no es terrorismo. Como tampoco lo es el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. De hecho en las noticias de esta semana sobre el aniversario de esos bombardeos, los telediarios hablaban de que “se lanzaron las bombas”. Así, en impersonal. “Cayeron” bombas, del mismo modo que, a veces, llueve. No citaban qué gobierno las fabricó y lanzó.

Como vemos, terrorismo es un término flexible. Por eso yo voy a utilizarlo a mi manera, definiendo el terrorismo como un estado social donde un grupo de personas vive situaciones de terror. Y me refiero a la violencia machista.

Un país donde cientos de mujeres son maltratadas por sus parejas o ex parejas diariamente es un país que mantiene una situación de terror colectivo, el que experimentan todas esas mujeres. No es un terrorismo planificado o dirigido por el Estado o por un grupo organizado, pero es un estado de terror. No nos referimos sólo a lo más visible, el hecho terrible de que en España es asesinada una mujer cada semana (de media, pero a veces más). No “muere”, como dice a veces la TV de forma impersonal. Lo repito: es asesinada Sólo ese dato debería poner en alarma a todo el país, y a todo un gobierno.

Pero si además añadimos los escalofriantes datos de denuncias diarias (347 al día en 2014), de órdenes de protección (se dictan 51 al día), las 28.000 condenas al año, y las casi 600.000 mujeres que sufren esa violencia cada año, vemos que estamos viviendo en un Estado que tiene un gravísimo problema, donde una importante parte de su población femenina vive aterrorizada, sufriendo violencia cotidianamente, y lo que es peor aún, con una gran impunidad en lo que se refiere a los agresores. A esa situación la denomino terrorismo machista. Los datos de este artículo de Miguel Lorente no dejan lugar a dudas:

http://www.huffingtonpost.es/miguel-lorente/machismo-impune_b_6968790.html

El gobierno anterior tampoco logró una aplicación efectiva de la Ley Integral contra la Violencia de Género, como demuestra el excelente informe que redactó María Naredo para Amnistía Internacional:

https://www.es.amnesty.org/uploads/media/Que_justicia_especializada.informe_2012.pdf

Por eso toda banalización de la violencia machista es una colaboración con ese terrorismo. Las manipulaciones neomachistas sobre “denuncias falsas” suponen una colaboración con ese terrorismo. La pasividad e inacción del gobierno ante estos casos es cómplice de ese terrorismo. No hay funerales de Estado por esas mujeres, ni declaraciones del Presidente, ni hay un pacto de Estado contra la violencia machista. Conceder sólo el 16% de las medidas de protección solicitadas es colaborar con ese terror. Reducir las medidas de asistencia a las víctimas, las casas de acogida, las subvenciones a ONGs  y los programas que trabajan contra esta violencia, es colaborar con el terror. Y mirando más allá, a las raíces sociales y culturales de este problema estructural: no educar en feminismo a niños y niñas, que no haya programas de igualdad en las escuelas e institutos, no cuestionar la cultura patriarcal y heterocentrada en que vivimos, es también una grave carencia que está en la base de esa banda de machitos que sólo saben resolver el abandono o la crisis de pareja asesinando a su mujer o su ex mujer (que, a pesar de ese “su”, no es suya; y quizá ahí está parte del problema, en esa cultura del amor romántico, basado en los celos y la posesión). A la jerarquía de la iglesia, a la que tanto le gusta meterse en la vida de las personas, tampoco la hemos visto nunca manifestarse contra la violencia machista. Y equiparar la violencia de género que sufren las mujeres con un presunto “maltrato a los hombres”, como hace la Policía de Madrid, es una grave ofensa a las víctimas:

Aquí el patriarcado tiene un papel fundamental. Si 600.000 hombres españoles sufrieran violencia cada año, otro gallo cantaría. El gallo cantaría. Eso sí sería un “problema de Estado”, o un problema de “terrorismo”. Pero en esta país quienes escriben las leyes, quienes juzgan los casos y quienes dirigen el sistema educativo, están inmersos en esa cultura patriarcal. Y no sólo ellos. Tampoco hay una renovación feminista en los partidos o agrupaciones de izquierdas, ni en las ONGs, cuyas cúpulas siguen siendo copadas casi al 100% por varones, y donde el feminismo y la igualdad de género casi nunca es una prioridad.

Por eso es urgente una reacción colectiva contra este estado de terror. El principal problema de este país es la violencia de género, y mientras no lo coloquemos todos y todas en la primera línea de nuestra agenda política, estamos colaborando con esta forma de terrorismo silencioso.

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