In-corpo-rar la represión

Javier Sáez

Este texto surge a partir de la lectura de un estupendo texto de Lucas Platero (La masculinidad de las biomujeres), donde hace un claro análisis de la vigilancia y la sospecha con que son tratadas las mujeres masculinas.

En el texto Lucas habla de “un disciplinamiento encarnado de la diferencia sexual”, y describe los talleres drag king como una experiencia que ayuda a tomar consciencia de nuestros gestos, ademanes y expresiones corporales, y de cómo éstos están marcados por patrones de género muy férreos que adoptamos sin darnos cuenta desde muy pequeños/as (gestos de hombre, gestos de mujer). La palabra encarnado es importante, se refiere a la carne. Indica que esos gestos, ademanes, formas de mirar, sentarse o andar están EN nuestra carne, son parte de nuestro cuerpo, están in-corpo-rados en nuestro ser y en nuestra identidad. Como dice Lucas, es un cuerpo disciplinado, “un disciplinamiento encarnado”.

Esto me hizo pensar en mi propio cuerpo, en mis ademanes, mis limitaciones, en mi propia historia. Es fácil escribir sobre teoría queer o sobre derechos LGBT en general, pero es más difícil poner tu cuerpo en juego, contar cómo has vivido esos procesos en tu propia vida, y cómo han afectado tu cuerpo y tu mente (sin caer en un exhibicionismo narcisista, aunque tampoco estaría mal, dado lo tocada que suele estar nuestra autoestima como maricas, bolleras o trans). Pero contar esos procesos personales es útil, explica muchas cosas, y creo que son vivencias que podemos compartir con un interés político.

Mi pregunta es ésta: ¿cómo configuraron mi corporeidad las represiones y los mensajes homófobos que recibía en la infancia? Burgos es una fuente inagotable de homofobia: desde una madre franquista que odiaba a los homosexuales (“qué bien que exista el sida para que se mueran todos esos maricones”), hasta los curas opusianos de mi colegio (que para colmo se llamaba Generalísimo Franco) y de mi iglesia (San Lesmes Abad), pasando por el escarnio y el acoso brutal a los niños mariquitas de mi colegio, algo que yo presenciaba con terror (por suerte yo no era identificado como marica, pero veremos que eso no era sólo “por suerte”) y con una pasividad cómplice de la que todavía hoy me avergüenzo.

En semejante contexto uno se adapta para sobrevivir, pero lo hace a dos niveles: consciente, e inconscientemente. Adoptas estrategias de supervivencia. Ya sabemos que el plumaje es una herramienta de camuflaje o de seducción para muchos pájaros, pero en este caso, era todo lo contrario: plumas fuera. En mi caso, no recuerdo si lo que pasó es que ante ese panorama familiar/eclesial/escolar decidí recortar las plumas deliberadamente con las tijeras de la masculinidad castellana, o si fue un proceso inconsciente, o si no había plumas que cortar (¿la pluma nace o se hace? Pregunta para sexólogos con su microscopio). O sea, no sé si yo tenía pluma y la disimulaba por el terror a ser descubierto, o si no tenía pluma. Nunca lo sabremos. En todo caso hoy no me sale ni harto de vino. Pero sí recuerdo estrategias de protección: en cuanto me salió un pelo en la barbilla decidí dejarme barba porque yo suponía que eso era más masculino, y de hecho a los 13 años ya tenía una estupenda barba que me protegía de los acosadores (o al menos eso creía yo). Una barba que por cierto llevo desde entonces.

Pero me interesan más los procesos inconscientes, lo que se grabó en mi cuerpo sin mi control ni mi permiso. Algo tan importante como la mirada.

Se trata de un ejemplo muy curioso: la mirada a los paquetes. No sé si le pasa a todos los maricas, pero a mí desde niño se me iban los ojos a los paquetes de los tíos. Sobre todo a los de señores gordos y con barba, pero digamos que en general me gustaba mirar paquetes. Y sin embargo, a la vez, aparecía una enorme vergüenza y culpabilidad en ese mismo gesto. Esa mirada incontrolable se convertía en algo furtivo y sobre todo terriblemente culpable. La mirada se apartaba de su objetivo, se escondía a pesar de su deseo, y una enorme angustia me llenaba el pecho. Así lo viví durante toda la infancia y la adolescencia. Con mi huida a Madrid a los 16 años y unas dosis de activismo maribollero aquello se me fue pasando, y al acabar la carrera ya miraba con todo descaro y alegría los paquetes que me daba la gana, y así hasta hoy. Ya soy muy viejo para tener miedo. Pero no todos tienen esos recursos, o la suerte de poder huir de un entorno hostil, o 100 kilos de peso y fuerza física. Los homófobos son cobardes, no se meten con todo el mundo.

Esa policía del género de la que habla Lucas marca muchas formas de nuestra expresión corporal. Otra expresión que quedaba reprimida en mi juventud era la sonrisa hacia otros hombres. Lo normal en una sociedad no homófoba sería poder sonreír a alguien que te gusta (o guiñarle un ojo). En el caso de la interacción con otros hombres esto es un campo de minas. Si eres gay, hay un temor enorme (y justificado) a que el hombre al que miras o sonríes por la calle pueda enfadarse, y agredirte “por maricón”. De modo que esa amenaza (anenaza) domestica tu mirada y tu sonrisa, la hace desaparecer. A partir de esa represión uno ya no se atreve a sonreír a otro hombre, para manifestar interés o deseo. Esto, en mi caso, daba lugar a situaciones esperpénticas, que veo que se repiten en muchos bares de ambiente: a partir de esa represión incorporada de la sonrisa, era incapaz de expresar mi deseo en los bares de ambiente. Es decir, que incluso estando en un lugar “seguro” como un bar gay, miraba a los hombres que me gustaban con absoluta seriedad, y casi con cara de mala hostia. La domesticación aprendida de no sonreír se mantenía a pesar mío, ya no era capaz de mirar de otra manera, la sonrisa había desaparecido del repertorio de señales faciales de comunicación.

Como digo, esto da lugar a un fenómeno que vemos a menudo, hombres a los que gustas que te miran como si te quisieran matar, o tú mismo mirando a quien te gusta con la expresión de Buster Keaton o de Charles Manson (con lo cual casi nadie liga, por ese duelo de miradas asesinas de gente que en realidad se gusta). Por suerte esta discapacidad, en mi caso, desapareció con el tiempo. Pero pienso en cuántos hombres gays (y no gays) siguen viviendo esa limitación de la expresividad, algo que explica muy bien cómo se constituye la masculinidad de los hombres, cómo se hace cuerpo.

La disciplina homófoba también determinó muchas otras de mis conductas: no bailar (o bailar avergonzado o de forma muy sosa), no chillar, no pintarme, no llevar pendientes, no vestir ropas de colores, cosas muy divertidas que podríamos hacer los hombres de vez en cuando o siempre, pero que yo no hago. Incluso he tenido que aprender a besar, y es curioso que en ese proceso de deshielo me encontraba con hombres (y me los encuentro hoy en día) que son incapaces de besar. Como no hemos tenido referentes nunca de besos entre hombres (ni en el cine, ni en la escuela ni en ninguna parte), a muchos eso les parece ridículo, o imposible, o feo, o pecaminoso, o vergonzoso, o enfermizo, según la tradición homófoba de pertenencia. Y por eso incluso en la actualidad hay hombres gays que son incapaces de besar a otro hombre. No es un reproche, ni me burlo de esos hombres. Son personas que han sufrido una profunda desposesión, una castración afectiva de la que no es nada fácil salir, tras años de adoctrinamiento y de amenazas. Lo que denuncio es un sistema represivo que parasita los cuerpos y los limita desde dentro: paraliza nuestros cuerpos, deseos, y sentimientos, nos incapacita y nos mutila. Y ese manojo de represiones que atenaza el cuerpo es la masculinidad.

Cuando hablo de sistema represivo no me refiero a un gobierno dando órdenes desde un pedestal. Se trata de esa micro vigilancia de la que todos somos cómplices, cuando nos reímos del compañero que lleva el pelo así, o viste asá, o no es masculino, o tiene pluma, o esa chica marimacho, o ese que no sabemos si es chico o chica, los comentarios y chismorreos y bromas de jefes, compañeros, amigos, primos… es una red de micro homofobias, lesbofobias, transfobias, intolerancia y machismo que atraviesa todo el cuerpo social, que está por todas partes. Y es efectiva.

Poco a poco algunos vamos saliendo de ese ataúd. Esta semana, a mis 51 años, por fin me he teñido la barba de azul. Y estoy encantado.

 

Madrid, 24 de enero de 2017

 

Quero uma sapatão para presidenta

Zoe Leonard

Quero uma sapatão para presidenta. Quero uma pessoa com Aids como presidenta, e quero um bicha como vice-presidente, e quero alguém sem seguro médico, e quero alguém que tenha crescido num lugar onde a terra estava tão contaminada com resíduos tóxicos que não terá outra escolha a não ser ter leucemia. Quero uma presidenta que tenha abortado com dezesseis anos, e quero um candidato que não seja o mal menor, e quero uma presidenta que tenha perdido o seu último amante por causa da Aids, que teve seu amante nos braços e soube que estava morrendo, e que siga vendo isso nos seus olhos a cada momento que se deita para descansar. Quero uma presidente que não tenha ar condicionado, um presidente que tenha ficado em pé na fila de um hospital, que tenha ficado parado no congestionamento, que tenha perdido a seguridade social, e que tenha estado desempregado, que tenha sido demitido, que tenha sido assediado sexualmente, e que tenha sofrido assédio por ser bicha, sapa ou trans, e que tenha sido deportado ou deportada. Quero alguém que tenha passado a noite entre as tumbas, e que tenha colocado uma cruz em chamas no seu gramado, e que tenha sobrevivido a um estupro. Eu quero alguém que tenha amado e se machucado, alguém que respeito o sexo, que tenha errado e que tenha aprendido com os erros. Eu quero uma mulher negra para presidenta. Quero alguém com os dentes estragados, alguém que tenha provado a péssima comida de um hospital, alguém que se travista, que tenha usado drogas e feito terapia. Eu quero alguém engajado numa desobediência civil. E quero saber por que isso não é possível. Quero saber porque nós aprendemos que em algum lugar o presidente é sempre um palhaço: sempre um cafetão e nunca uma puta. Sempre um patrão, nunca um trabalhador, sempre um mentiroso, sempre um ladrão que nunca é pego.

 

Tradução por Rafael Leopoldo

Buffalo Queer

Quiero a una bollera de presidenta

Zoe Leonard, artista, activista de Fierce Pussy. 1992

Quiero a una bollera de presidenta. Quiero a una persona con sida como presidente/a, y quiero a un marica como vicepresidente, y quiero a alguien sin seguro médico, y quiero a alguien que se haya criado en un lugar donde la tierra estaba tan contaminada con residuos tóxicos que sin duda tendrá leucemia. Quiero a una presidenta que haya abortado con dieciséis años, y quiero un/a candidato/a que no sea el mal menor, y quiero un/a presidente/a que haya perdido a su último amante de sida, que siga viendo eso con sus ojos cada vez que se acuesta para descansar, que tuvo a su amante en sus brazos y supo que estaba muriendo. Quiero un/a presidente/a que no tenga aire acondicionado, un/a presidente/a que haya hecho cola en el hospital, en la oficina de tráfico, en los servicios sociales, y que haya estado en el paro, y a quien hayan desahuciado y que haya sido acosada sexualmente y a quien hayan dado una paliza por ser maricón, bollera o trans, y a quien hayan deportado. Quiero a alguien que haya pasado la noche entre los sepulcros, y a quien le hayan puesto una cruz en llamas en su jardín, y que haya sobrevivido a una violación. Quiero a alguien que haya estado enamorado/a y a quien hayan herido, que respete el sexo, que haya cometido errores y haya aprendido de ellos. Quiero a una mujer negra de presidenta. Quiero a alguien con la dentadura en mal estado, y con carácter, que haya comido esa comida tan mala de los hospitales, alguien que se trasvista y haya tomado drogas y haya estado en terapia. Quiero a alguien que haya sido insumiso/a. Quiero saber por qué eso no es posible. Quiero saber por qué empezamos a darnos cuenta en algún momento más adelante de que un presidente es siempre un payaso: siempre un putero y nunca una puta. Siempre un/a jefe/a y nunca un obrero/a, siempre un/a mentiroso/a, siempre un ladrón/a al que nunca pillan.

Traducción de Javier Sáez.

http://www.lgbtqnation.com/2016/03/i-want-a-dyke-for-president/

Mapa de Metro LGTBIQ

 

 

El origen de este proyecto parte de una anécdota de mi vida cotidiana: al observar el plano del metro de Madrid me di cuenta de que no encontraba ninguna referencia a mi comunidad, la comunidad LGBTI y queer. A pesar de ver ante mí cientos de paradas, no había ninguna persona o referencia LGBTI.

Digamos que me sentía en un territorio muy heterocentrado, es decir, en lo que yo suelo llamar un “heterritorio”. Y pensé: ¿y si mariconizamos, bollerizamos, transgenerizamos, queerizamos el Metro? Éste fue el resultado:

https://drive.google.com/open?id=0B-4hMnr3Yta0UkVaTEZRekY2UTFHOGtPc01nSXRfNkFfdmVn

Desde hace 30 años colaboro en activismos y producción cultural LGBT y queer, con muchas otras personas, activistas, escritorxs, artistas, de las que he aprendido todo lo que sé. Personas y colectivos cuyo trabajo silencioso y pertinaz es lo que llamamos movimiento LGBT y movimiento queer. Me pareció una buena idea homenajear a todas esas personas, activismos, publicaciones, espacios. Y también recordar a referentes intelectuales que han sido importantes en mi vida. Las personas LGBT nacemos y crecemos en un contexto donde no hay referentes LGBT; todo el entorno, los discursos y representaciones, la cultura y el arte, la educación, todo es heterocentrado. Hay una invisibiliación de la diversidad sexual que hace que nos sintamos bichos raros, personas aisladas, solas. De adolescente tuve que ir buscando, con mucha dificultad, esos referentes. Por eso añadí en el plano no sólo a esas activistas con las que he trabajado y de las que he aprendido tanto, sino también esos referentes culturales que me han ayudado a sobrevivir, a entender y denunciar el sistema heterocentrado y a tener recursos contra la LGBTfobia. El mapa es una forma de mostrar que somos muchxs, que no somos “excepciones” o “minorías”.  De algún modo es un mensaje político para el mundo hetero: “Aquí tienes a 300 personas LGBTI y queer, y podríamos llenar todos los metros del mundo con más nombres. Estamos por todas partes. No nos van a volver a meter en el armario. Hemos ocupado el metro. Somos muchas, estamos organizadas, tenemos fuerza y dignidad. Hemos ocupado Madrid”:

Este mapa de Metro tiene también otra función, además de visibilizar la existencia de las personas LGBT y de homenajear el trabajo de muchas de ellas. Es un ejemplo gráfico de que esos espacios y esas historias están llenos de afectos, de conexiones, de deseos, de historias de vida y de muerte.

En el mapa se superponen y entrecruzan esas historias: lugares donde se reunían esas activistas, nuestras publicaciones, las amigas que han muerto por el sida o por la violencia transfóbica, bares, fanzines, las relaciones de solidaridad y de ayuda mutua que subyacen en los activismos LGBT, la potencia de la amistad, esas otras familias que hemos creado para sobrevivir, ya que la familia nuclear casi nunca nos ha servido para nada.

El mapa ofrece un espacio de representación y una topología de los afectos. Porque a pesar de lo que proclama la retórica liberal, en realidad somos redes de relaciones, no individuos. Y aquí se trata además de redes de supervivencia.

El mapa transforma la topología en una genealogía política, y esto puede ser utilizado en la enseñanza, si algún día el sistema educativo asume que debe integrar en su seno la enseñanza de la diversidad y la disidencia sexual.

Por supuesto en el mapa faltan muchas personas y organizaciones. En realidad no “faltan”,  porque el objetivo del mapa no era recoger a todas las personas que han aportado algo al movimiento LGBT español, o al catalán o al vasco (que son miles de personas), sino aquéllas que han tenido una interacción personal conmigo, aquellas que conozco o he conocido. Es mi homenaje a esas personas (y a mis referentes intelectuales), no se trata de un intento de identificar y localizar a todo el mundo, algo que obviamente es imposible.

He puesto en el centro del mapa, en la estación de Sol, a mi amigo Paco Vidarte. Porque por él pasaban todas las líneas de la sabiduría, y en recuerdo de su memoria.

https://drive.google.com/open?id=0B-4hMnr3Yta0UkVaTEZRekY2UTFHOGtPc01nSXRfNkFfdmVn

Javier Sáez, 22 junio 2017 #elporvenirdelarevuelta

  • El Mapa se podrá ver expuesto a gran tamaño en CentroCentro (Plaza de Cibeles) desde el 22 de junio 2017 al 30 de septiembre, en el marco del proyecto #elporvenirdelarevuelta

https://www.madridcultura.es/orgullo-mundial/centrocentro

 

Llegan los zombies

Desde la película clásica de George A.Romero La noche de los muertos vivientes (1968), pasando por la película Guerra Mundial Z, la serie The walking dead, o Los Salvajes de Juego de Tronos, hemos visto aparecer cada vez más en las pantallas de nuestros hogares (“nuestros hogares”, qué familiar y confortable suena) a unos personajes amenazantes, sin discurso ni nombre, que son masacrados sin piedad: los zombies.

Quizá estas series de ficción estaban reflejando de alguna manera ese sentimiento de amenaza exterior alrededor del cual se crean la Europa contemporánea, y los Estados Unidos, siempre obsesionados con la “seguridad”. Los zombies representan perfectamente a ese “otro” sin humanidad, sin alma, ni deseo, sin palabras, sin familia ni patria. El zombie no es humano. Por ello se le puede asesinar impunemente, como se ve en todas esas series televisivas.

Y en eso está la clave de los procesos de exclusión, de persecución y de exterminio. En la deshumanización. Eso lo han vivido y lo viven actualmente los gitanos europeos, que son a menudo descritos por líderes políticos con metáforas animales (ratas, cucarachas, alimañas, perros) o con metáforas del contagio y la enfermedad (basura, plaga, “limpiar Badalona”).

También lo viven las personas sin hogar, y muchos gays, lesbianas, bis y trans, que son el objetivo de agresiones por parte de grupos neonazis y de pandas de niñatos fascistas a quienes las autoridades no parecen dar mucha importancia.

En la actualidad vemos aparecer una nueva masa que atemoriza y paraliza a Europa (y a “nuestros hogares”). Se trata de cientos de miles de inmigrantes/refugiados/demandantes de asilo, que están llegando a Europa, huyendo de las terribles guerras que arrasan a las poblaciones de sus países (y en las que, por cierto, Europa ha jugado un papel lamentable que ahora intenta esconder bajo la alfombra: desde la venta de armas a todas las facciones en juego, hasta el uso instrumental geopolítico de todos los bandos).

La forma en que los medios y los políticos presentan a estas personas las convierte fácilmente en zombies: hablan de ellos y ellas como invasiones, plagas, mareas, y nunca tienen nombres, ni se conocen sus historias. O bien son meros objetos de tráfico de “mafias”, nunca son seres soberanos que deciden sobre su destino. Son flujos, corrientes, masas, no individuos. Son “problemas”, amenazas (a la salubridad en la retórica francesa antigitana, a la tolerancia religiosa según los islamófobos de Pegida, a la rectitud moral y sexual en el caso de los ultracatólicos homófobos, a la seguridad y estabilidad en el lenguaje de los dirigentes de la UE).

La actitud represiva e insolidaria de la dirección de la UE es la prueba más evidente de que Europa no es un proyecto solidario y abierto, sino un búnker egoísta diseñado para optimizar el capitalismo a escala transnacional. Los gobiernos de los países de la UE regatean y se acobardan ante pequeñas cuotas, que son ridículas en comparación con las enormes cantidades de refugiados que están recibiendo países muchos más pobres, como Líbano, Jordania o Turquía, que acogen a más de 4 millones de refugiados sirios en este momento.

La imaginería de la amenaza zombi nos ha preparado para justificar esta vergonzosa insolidaridad europea, para mirar hacia otro lado, o, lo que es peor, para mirarles a los ojos levantando una valla de por medio como ha hecho el gobierno de Hungría. O para dispararles pelotas de goma cuando están en el agua intentando llegar a la costa de Ceuta. O para perseguirlos con perros en el túnel de Calais.

Al fin y al cabo no son humanos.

Como marica siempre me he identificado con los zombies. No seremos humanos, pero somos imparables, resistentes, supervivientes. Y los refugiados y refugiadas que “nos invaden” también lo son. Nos necesitan más que nunca, y hay que tomar partido ya.

On the blessings of being a gypsy

Valeriu Nicolae

For my first seven years I had just one identity: child. The move to a bigger city in Romania made it  clear to me that I was not a “normal” Romanian child but a ”gypsy”[i] child that Romanians “put up with”. I worked hard for the next years, and I was promoted from “stinky gypsy”, to “gypsy”, to “ok gypsy”, to “good gypsy”, to Roma, and finally I made it as “a Romanian”, and “someone Romania is proud of”. A Romanian TV station blessed me with that final title. Not to worry; it is still honorific. Any “original” Romanian that I piss off might request a re-evaluation and demote me. At the end of 2013 I was sainted as an EU citizen by receiving an award from the European Parliament.

It is great to be a gypsy. To be a member of such an advantaged ethnic minority: part human…

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Manifiesto de los Osos Feministas

El grupo Osos Feministas quiere recordar algunos temas sociales y políticos que nos preocupan, con este MANIFIESTO:

– Los osos jugamos con la masculinidad, y nos sentimos atraídos por ciertas características de la misma. Pero eso no significa que apoyemos comportamientos misóginos u homófobos. Expresamos aquí nuestro rechazo a todas las formas de discriminación contra la mujer y rechazamos cualquier actitud de plumofobia (odio contra actitudes afeminadas en los hombres homosexuales o heterosexuales, o en personas trans, drags o queers).

– Los Osos feministas expresamos nuestra preocupación por el aumento de la violencia contra las mujeres, que está matando a miles de mujeres cada año, y pedimos medidas urgentes para poner fin a esta situación y la solidaridad del movimiento LGBT.

– Los Osos feministas declaramos nuestra solidaridad con la población inmigrante (migrantes, refugiados/as, solicitantes de asilo, etc.), y solicitamos el apoyo de las autoridades públicas, incluidas medidas específicas para ayudar a las mujeres migrantes.

– Condenamos todas las manifestaciones de racismo, xenofobia e intolerancia (incluyendo el antisemitismo, el antigitanismo, y otras formas de racismo, la islamofobia, etc.) que a menudo se observan en la sociedad, en los medios y también en algunos miembros del movimiento de osos.

– Los Osos Feministas pedimos a las autoridades educativas que actúen con decisión contra en acoso escolar / bullying, en particular el acoso contra las niñas, los niños mariquitas, las niñas marimachos y lxs niñxs trans. También les pedimos que incluyan contenidos feministas en el sistema de educación: en las escuelas, institutos y universidades, y formación de los maestros y los medios de comunicación sobre el feminismo.

– Los Osos feministas exigimos campañas específicas de lucha contra la discriminación que sufren las personas transexuales, y la despatologización de la transexualidad en las leyes de identidad de género y en los manuales médicos y de salud.

– Los Osos feministas demandamos campañas de prevención más frecuentes y explícitas contra el VIH y su estigma, incluyendo campañas dirigidas a las mujeres.

– Los Osos feministas denunciamos el sexismo, la misoginia, la homofobia, la lesbofobia, la bifobia  y la transfobia que todavía se dan en parte del movimiento de osos y el movimiento gay, y también en el discurso de algunos líderes religiosos y algunos partidos políticos.

– Los Osos feministas apoyamos la lucha contra toda forma de discriminación por motivos de sexo, origen racial o étnico, religión o convicciones, discapacidad, edad, orientación sexual o identidad de género.

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Osos Feministas  en Facebook:

https://www.facebook.com/groups/106728722693279/

Feminist Bears Manifesto

The group Feminist Bears wants to recall some social and political issues that concern us, with this MANIFESTO:

– The Bears play with masculinity, and we are attracted to certain features of it. But that does not mean that we support misogynist behaviours, femophobia or homophobia. We express here our rejection of all forms of discrimination against women and we reject any attitude of “sissyphobia” (hatred against effeminacy attitudes in gay or straight men, or in trans, drag, or queer people).

– Feminist Bears express our concern about the increase of violence against women, which is killing thousands of women every year, and call for urgent measures to stop this situation and for the solidarity of the LGBT movement.

– Feminist Bears state their solidarity with the immigrant population (migrants, refugees, asylum seekers, etc.), and request the support by public authorities, including specific measures to help migrant women.

– We condemn all manifestations of racism, xenophobia and intolerance (including anti-Semitism, Romaphobia, and other forms of racism, Islamophobia, etc.) that are often observed in society, in the media and also in some members of the Bear movement

– Feminist Bears ask educational authorities to act decisively against bullying, particularly harassment against girls, sissy boys, tomboys, and trans children. We also ask to include feminist contents in the education system in schools, high schools and universities, training teachers and the mainstream media on feminism.

– Feminist Bears demand specific campaigns to combat discrimination faced by transgender people, and despathologization of transexuality in gender identity laws and health/medical manuals.

– Feminist Bears claim more frequent and explicit prevention campaigns against HIV and its stigma, including campaigns addressed to women.

– Feminist Bears denounce sexism, misogyny, homophobia, lesbophobia and transphobia that still exist in part of the Bear and Gay movements, and also in the speech of some religious leaders and some political parties.

– Feminist Bears support combating all forms of discrimination based on sex, racial or ethnic origin, religion or belief, disability, age, sexual orientation or sexual identity.

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Feminist Bears in Facebook:

https://www.facebook.com/groups/106728722693279/

¿Contra la violencia “en general”?

Tras mi anterior texto en el blog sobre terrorismo machista y la crítica que hice a la policía de Madrid por su campaña en Twitter: “Si eres hombre y recibes maltrato denuncia”, he recibido algunas críticas del tipo “hay que criticar todo tipo de violencia, todos somos iguales” y también “los hombres también podemos recibir maltrato”. Ayer el alcalde de Cuenca, en el funeral por las dos victimas de violencia machista afirmaba que “condeno todo tipo de violencia”, sin referirse específicamente a la machista.

Cuando critico en FB y Twitter actos de antigitanismo, recibo algunas críticas que me dicen ”vamos a dejar de hablar de gitanos y payos, todos somos iguales”, o bien “señalar la etnia es racismo”.

Cuando salgo en la mani del orgullo lgbt o escribo sobre homofobia algunos me dicen.”qué tontería, heteros y homos somos iguales”, o como me dijo uno, todos somos “seres vivos” (a éste se le fue  la mano un poco en su ansia de universalidad igualitaria, y del reino humano nos pasó al reino de animales y plantas).

En todos esos ejemplos lo que encontramos es un intento de borrar las relaciones de opresión y de desigualad. Las relaciones de poder, de explotación y de dominación.  Y qué casualidad, quienes quieren borrar eso, quienes hablan así, siempre son los del bando dominante: varones, payos, heteros.

Claro que somos iguales, en derechos, formalmente, legalmente; pero no mencionar el género y el machismo que hay detrás de los asesinato machistas es obviar la clave, que existe una desigualdad  REAL, de facto, entre hombres y mujeres.  El tuit de la policía de Madrid decía #NO es cuestión de sexo. ¿Ah no?  pues entonces ¿de qué se  trata?  Si hay 60 mujeres asesinadas al año por hombres y casi ningún hombre asesinado por mujeres, ¿el género no es relevante? Yo contesté a la policía de Madrid con este tuit: “Hetero, si un gay te maltrata, ¡denuncia!”.  No sé si pillaron la ironía.

Lo mismo ocurre con esa forma de racismo que es el antigitanismo.  Mientras haya un conjunto de actos y opiniones que estigmatizan, marginan e insultan a los gitanos y gitanas, hay que señalar que hay una diferencia entre gitanos y payos, un sesgo en esos actos de discriminación que está basado en la etnia. Una diferencia que por cierto no han buscado los gitanos. Quienes les han perseguido, expulsado, insultado y señalado históricamente son los payos. Ahora no podemos mirar para otro lado y decir “vamos a dejar eso de gitanos y payos, somos todos iguales”. Pues no. O como diría Orwell: “vale, pero es que unos son mas iguales que otros”.

Y lo mismo ocurre con la famosa “diferencia” heteros – homos. Mientras haya agresores que eligen a sus victimas porque son gays, lesbianas, bis o trans, esa diferencia es relevante. Hay que señalar que existimos y que somos objeto de desprecio y de ataques,  y que somos ilegales en 80 países.  Quien se ha inventado la criminalización  de los lgbt es el sistema heterocentrado, ahora que cargue con las consecuencias. Las leyes que prohíben ser lgbt señalan a los lgbt, es la ley la que crea esa diferencia. Claro que necesito decir que soy marica y que no me avergüenzo de ello. Y necesito “hacer bandera” de ello porque nos están matando.  Cada dos días asesinan a una mujer trans en el mundo. A mí me ha insultado curas, políticos, periodistas, ciudadanos de a pie y neonazis muchas veces. Así que ahora que no me vengan con eso de que aquí no pasa nada, que no hace falta salir a la calle a reivindicar nada,  que qué pesado con eso de que eres gay (eso lo dicen por cierto los mismos que hacen alarde de su heterosexualidad cada media hora). El mundo homófobo nos quiere en el armario, calladitos y sin hacer ruido, que desaparezcamos del mapa, que no podamos señalar su privilegio y su poder. Pues no nos van a callar. Para se activista lgbt hay que decir que se es lgbt. No comparto eso que dicen algunos gays, de “yo no hago de eso una bandera”.  Mientras haya homofobia necesitamos hacer de esto una bandera y salir del armario. Por solidaridad, visibilidad, activismo, para romper estereotipos. Y porque lo persona es político, como dice el lema feminsta.

Así que lo repito, el alcalde de Cuenca, y la policía de Madrid, ofenden a las victimas cuando hablan de  “violencia en general”, o de que “no es una cuestión de sexo”. El machismo y su violencia SÍ son una cuestión de sexo y de patriarcado.  El racismo antigitano SÍ es una cuestión de etnias y de supremacismo payo. La LGBTfobia SÍ es una cuestión de privilegio en las orientaciones sexuales.

Intentar ocultar las relaciones de poder es una forma de connivencia y de complicidad con este sistema machista, racista y homófobo.

Terrorismo machista

La historia de la palabra “terrorismo” tiene que ver con quien tiene el poder de escribir. En eso radica el poder, en ocupar la posición de escribir (la historia) o de dar sentido a las palabras, según convenga.

A finales del XVIII la palabra “terrorismo” era utilizada por la propaganda monárquica para criticar al gobierno jacobino de la Revolución Francesa. Durante la Segunda Guerra mundial los nazis utilizaban esa palabra para calificar a la Resistencia. Los EEUU la utilizaban en los 70 y 80 para definir a los movimientos guerrilleros que luchaban contra las dictaduras (que apoyaban y financiaban los EEUU). En España se utiliza desde los años 70 para definir las acciones de grupos armados que por medio de atentados intentan desestabilizar el Estado (ETA, Grapo, etc.).

Las acciones armadas que realiza el gobierno israelí contra la población civil palestina no es terrorismo, según el lenguaje dominante actual. La intervención de EEUU en Vietnam, donde asesinaron a 2 millones de personas (civiles), no es terrorismo. Como tampoco lo es el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. De hecho en las noticias de esta semana sobre el aniversario de esos bombardeos, los telediarios hablaban de que “se lanzaron las bombas”. Así, en impersonal. “Cayeron” bombas, del mismo modo que, a veces, llueve. No citaban qué gobierno las fabricó y lanzó.

Como vemos, terrorismo es un término flexible. Por eso yo voy a utilizarlo a mi manera, definiendo el terrorismo como un estado social donde un grupo de personas vive situaciones de terror. Y me refiero a la violencia machista.

Un país donde cientos de mujeres son maltratadas por sus parejas o ex parejas diariamente es un país que mantiene una situación de terror colectivo, el que experimentan todas esas mujeres. No es un terrorismo planificado o dirigido por el Estado o por un grupo organizado, pero es un estado de terror. No nos referimos sólo a lo más visible, el hecho terrible de que en España es asesinada una mujer cada semana (de media, pero a veces más). No “muere”, como dice a veces la TV de forma impersonal. Lo repito: es asesinada Sólo ese dato debería poner en alarma a todo el país, y a todo un gobierno.

Pero si además añadimos los escalofriantes datos de denuncias diarias (347 al día en 2014), de órdenes de protección (se dictan 51 al día), las 28.000 condenas al año, y las casi 600.000 mujeres que sufren esa violencia cada año, vemos que estamos viviendo en un Estado que tiene un gravísimo problema, donde una importante parte de su población femenina vive aterrorizada, sufriendo violencia cotidianamente, y lo que es peor aún, con una gran impunidad en lo que se refiere a los agresores. A esa situación la denomino terrorismo machista. Los datos de este artículo de Miguel Lorente no dejan lugar a dudas:

http://www.huffingtonpost.es/miguel-lorente/machismo-impune_b_6968790.html

El gobierno anterior tampoco logró una aplicación efectiva de la Ley Integral contra la Violencia de Género, como demuestra el excelente informe que redactó María Naredo para Amnistía Internacional:

https://www.es.amnesty.org/uploads/media/Que_justicia_especializada.informe_2012.pdf

Por eso toda banalización de la violencia machista es una colaboración con ese terrorismo. Las manipulaciones neomachistas sobre “denuncias falsas” suponen una colaboración con ese terrorismo. La pasividad e inacción del gobierno ante estos casos es cómplice de ese terrorismo. No hay funerales de Estado por esas mujeres, ni declaraciones del Presidente, ni hay un pacto de Estado contra la violencia machista. Conceder sólo el 16% de las medidas de protección solicitadas es colaborar con ese terror. Reducir las medidas de asistencia a las víctimas, las casas de acogida, las subvenciones a ONGs  y los programas que trabajan contra esta violencia, es colaborar con el terror. Y mirando más allá, a las raíces sociales y culturales de este problema estructural: no educar en feminismo a niños y niñas, que no haya programas de igualdad en las escuelas e institutos, no cuestionar la cultura patriarcal y heterocentrada en que vivimos, es también una grave carencia que está en la base de esa banda de machitos que sólo saben resolver el abandono o la crisis de pareja asesinando a su mujer o su ex mujer (que, a pesar de ese “su”, no es suya; y quizá ahí está parte del problema, en esa cultura del amor romántico, basado en los celos y la posesión). A la jerarquía de la iglesia, a la que tanto le gusta meterse en la vida de las personas, tampoco la hemos visto nunca manifestarse contra la violencia machista. Y equiparar la violencia de género que sufren las mujeres con un presunto “maltrato a los hombres”, como hace la Policía de Madrid, es una grave ofensa a las víctimas:

Aquí el patriarcado tiene un papel fundamental. Si 600.000 hombres españoles sufrieran violencia cada año, otro gallo cantaría. El gallo cantaría. Eso sí sería un “problema de Estado”, o un problema de “terrorismo”. Pero en esta país quienes escriben las leyes, quienes juzgan los casos y quienes dirigen el sistema educativo, están inmersos en esa cultura patriarcal. Y no sólo ellos. Tampoco hay una renovación feminista en los partidos o agrupaciones de izquierdas, ni en las ONGs, cuyas cúpulas siguen siendo copadas casi al 100% por varones, y donde el feminismo y la igualdad de género casi nunca es una prioridad.

Por eso es urgente una reacción colectiva contra este estado de terror. El principal problema de este país es la violencia de género, y mientras no lo coloquemos todos y todas en la primera línea de nuestra agenda política, estamos colaborando con esta forma de terrorismo silencioso.