Llegan los zombies

Desde la película clásica de George A.Romero La noche de los muertos vivientes (1968), pasando por la película Guerra Mundial Z, la serie The walking dead, o Los Salvajes de Juego de Tronos, hemos visto aparecer cada vez más en las pantallas de nuestros hogares (“nuestros hogares”, qué familiar y confortable suena) a unos personajes amenazantes, sin discurso ni nombre, que son masacrados sin piedad: los zombies.

Quizá estas series de ficción estaban reflejando de alguna manera ese sentimiento de amenaza exterior alrededor del cual se crean la Europa contemporánea, y los Estados Unidos, siempre obsesionados con la “seguridad”. Los zombies representan perfectamente a ese “otro” sin humanidad, sin alma, ni deseo, sin palabras, sin familia ni patria. El zombie no es humano. Por ello se le puede asesinar impunemente, como se ve en todas esas series televisivas.

Y en eso está la clave de los procesos de exclusión, de persecución y de exterminio. En la deshumanización. Eso lo han vivido y lo viven actualmente los gitanos europeos, que son a menudo descritos por líderes políticos con metáforas animales (ratas, cucarachas, alimañas, perros) o con metáforas del contagio y la enfermedad (basura, plaga, “limpiar Badalona”).

También lo viven las personas sin hogar, y muchos gays, lesbianas, bis y trans, que son el objetivo de agresiones por parte de grupos neonazis y de pandas de niñatos fascistas a quienes las autoridades no parecen dar mucha importancia.

En la actualidad vemos aparecer una nueva masa que atemoriza y paraliza a Europa (y a “nuestros hogares”). Se trata de cientos de miles de inmigrantes/refugiados/demandantes de asilo, que están llegando a Europa, huyendo de las terribles guerras que arrasan a las poblaciones de sus países (y en las que, por cierto, Europa ha jugado un papel lamentable que ahora intenta esconder bajo la alfombra: desde la venta de armas a todas las facciones en juego, hasta el uso instrumental geopolítico de todos los bandos).

La forma en que los medios y los políticos presentan a estas personas las convierte fácilmente en zombies: hablan de ellos y ellas como invasiones, plagas, mareas, y nunca tienen nombres, ni se conocen sus historias. O bien son meros objetos de tráfico de “mafias”, nunca son seres soberanos que deciden sobre su destino. Son flujos, corrientes, masas, no individuos. Son “problemas”, amenazas (a la salubridad en la retórica francesa antigitana, a la tolerancia religiosa según los islamófobos de Pegida, a la rectitud moral y sexual en el caso de los ultracatólicos homófobos, a la seguridad y estabilidad en el lenguaje de los dirigentes de la UE).

La actitud represiva e insolidaria de la dirección de la UE es la prueba más evidente de que Europa no es un proyecto solidario y abierto, sino un búnker egoísta diseñado para optimizar el capitalismo a escala transnacional. Los gobiernos de los países de la UE regatean y se acobardan ante pequeñas cuotas, que son ridículas en comparación con las enormes cantidades de refugiados que están recibiendo países muchos más pobres, como Líbano, Jordania o Turquía, que acogen a más de 4 millones de refugiados sirios en este momento.

La imaginería de la amenaza zombi nos ha preparado para justificar esta vergonzosa insolidaridad europea, para mirar hacia otro lado, o, lo que es peor, para mirarles a los ojos levantando una valla de por medio como ha hecho el gobierno de Hungría. O para dispararles pelotas de goma cuando están en el agua intentando llegar a la costa de Ceuta. O para perseguirlos con perros en el túnel de Calais.

Al fin y al cabo no son humanos.

Como marica siempre me he identificado con los zombies. No seremos humanos, pero somos imparables, resistentes, supervivientes. Y los refugiados y refugiadas que “nos invaden” también lo son. Nos necesitan más que nunca, y hay que tomar partido ya.

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